El problema medular que se plantea Inés Silva en sus obras es el de lograr en ellas la euritmia. La experiencia y los conocimientos adquiridos en su doble profesión (doble y no dos, porque se vinculan en lo estético) de arquitectura y sobre todo de artista plástica, la facultan para cumplir a cabalidad sus propósitos como lo demuestra en sus obras. Es por ello acertado el título, que anuncia de una vez el contenido y el sentido de lo que, sin ánimo vanidoso, nos ofrece realmente en su exposición.
Euritmia es el término clásico que define la calidad estética de la combinación armoniosa que se crea entre los diversos componentes de una obra de arte. En este caso se trata del arreglo armónico de proporciones, líneas, formas, volúmenes, espacios, colores y movimientos, como factores objetivos a activar.
Las obras de Inés Silva son tridimensionales (más el movimiento o las modificaciones), es decir, son esculturas, entendidas como configuraciones de espacios. En cada una el espacio se pliega y se despliega sobre sí mismo, como efecto de una relación interactiva con el espectador, provocada por el carácter mutable de la obra. De esa manera cada obra se multiplica en sus variaciones posibles, sin perder nunca la coherencia entre sus partes, ni la euritmia que las hace trascender. Este es un arte que se aparta voluntariamente de la irracionalidad y del patetismo que imperan en una sociedad violenta y angustiosa como la nuestra. Inés Silva confía en las virtudes estéticas y humanísticas de la razón, como ductora de sus experiencias creativas; con el mayor rigor matemático (la geometría es parte de las matemáticas) lleva esas experiencias hasta sus últimas consecuencias eurítmicas en sus obras, que resultan de una extrema pureza constructiva, absolutamente incontaminadas, ajenas al sentimiento trágico de la vida y a las zonas oscuras del alma.
Perán Erminy